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A Johnny Apollo, un alias algo chocante que se le
ocurre a Bob Cain, el protagonista, en un momento de apuro de la historia
que se nos cuenta, alumno de universidad elitista, cuyas facturas abona
puntualmente un padre millonario, se le hunde el mundo cuando este padre
acaba en la cárcel con una condena de muchos años por sus chanchullos en
el mundo de las finanzas. A partir de aquí el guión se desliza hacia el
thriller, sostenido por los cambios sentimentales que experimentan padre e
hijo en sus relaciones mutuas.
Henry Hathaway era un director de gran prestigio quien,
con el paso de los años, dejó de gozar del favor de la crítica y pasó a
formar parte de esa amplia serie que encuadra a directores que esa misma
crítica juzgó sobrevalorados y que, como suele suceder en todo tipo de
valoraciones conviene revisar cada pocos años. La verdad es que Hathaway
es un director como la copa de un pino, con sesenta y ocho títulos en su
haber, de una calidad más que notable. Esta película puede ser un buen
ejemplo de lo que decimos. Protagonizado por un Tyrone Power de 26 añitos,
un, como siempre estupendo Edward Arnold, de quien solamente quisiera
saber si en alguna época de su vida lució una figura más estilizada, y una
Dorothy Lamour que nos deleita con un par de canciones magníficas,
conviene verla, aunque sólo fuera para comprobar la solidez de la cinematografía
norteamericana en esos años. |