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Curiosa película ésta.
Dentro de la historia del oeste norteamericano opino que debería ser un
hito. Hemos visto centenares de películas sobre la colonización,
centenares de carromatos en ruta hacia la tierra prometida, por no hablar
de la lucha con los indios, de los conflictos por el agua entre ganaderos,
de la lucha entre ganaderos y ovejeros, o entre partidarios y detractores
del alambre de espino, etc.. Pero ésta retrata una sociedad de escasos
vuelos económicos y la lucha se centra entre un ovejero en expansión y
necesitado de pastos y una agricultora que se resiste a vender su predio.
Sucede a los pocos años de acabar la Guerra de Secesión, o sea que se
podría datar en la década de los 70.
Su realización es de
1958. Sus protagonistas, actores tan emblemáticos como Alan Ladd y Olivia
de Havilland, el primero a escasos seis años de su muerte, la segunda
dando vida a una mujer madura, que es lo que era entonces la actriz. Alan
Ladd, extraordinariamente delgado, muy desmejorado, muestra sus mejillas
más de Mariquita Pérez que nunca. Parece mentira que todavía le quedaran
seis años de vida. En esta película hace su primera aparición, con ocho o
nueve años, su hijo David que luego seguiría una carrera, si no exitosa,
sí larga.
Las armas tienen escasa
importancia en esta película. En cambio, la tiene y mucha, la
circunstancia de que el hijo del protagonista sufra de una mudez
traumática que arrastra desde que en la guerra civil asistió al asesinato
de su madre. Es pues casi un western de trama psicológica. No hay historia
pasional, pero sí amorosa, como corresponde a dos protagonistas con larga
vida a sus espaldas. La medicina y sus progresos desempeñan un importante
papel, y su concepción se aleja muy mucho de la que presenta la tradición
cinematográfica del médico borrachín o del sacamuelas metido a médico.
Hay muy poca épica en
esta película y mucho realismo costumbrista. No despierta entusiasmo en el
espectador, pero sí curiosidad histórica. Su director es nada menos que
Michael Curtiz. |