|
|
El
adulterio es uno de los temas cruciales de la novela realista del XIX. Ana
Karenina, La Regenta y Madame Bovary muestran la pugna entre el honor
de los maridos y la huída de la rutina matrimonial de las esposas. En las
tres, el final trágico subraya la imposibilidad de conjugar ambos códigos.
En
Alves y Compañía tenemos también un caso de adulterio. Godofredo da
Concieçâo Alves , enamoradísimo de su mujer, Ludovina, regenta una
compañía comercial con su joven socio, Machado. Pronto descubre que
ambos, socio y mujer, le engañan. Reacciona con furia, expulsa a su esposa
de casa, y cree que solo la muerte lavará tamaña afrenta. El suicidio –
suyo o el de Machado- o un duelo resolverán la cuestión. Pero, poco a
poco, las dificultades prácticas de la cuestión y, sobre todo, la deriva
en la que se está convirtiendo su vida, van demostrando lo absurdo del
caso...y la conveniencia de readmitir a su mujer y a su socio.
J.M. Eça
de Queirós trata el tema con una espléndida ironía que despliega con
excelentes recursos narrativos. El narrador se sitúa en la perspectiva del
protagonista y refleja lo que éste hace y siente. En cambio, sólo nos
muestra cómo actúan los demás personajes. Sabemos cómo piensa él,
pero deducimos lo que quieren y piensan los demás. De esta manera,
adivinamos cómo le ven, cómo le juzgan y cómo le van a conducir donde
ellos quieren. Intuimos cómo son Machado y Ludovina, el suegro, los
grotescos padrinos de duelo o las criadas de su casa, que se presentan en
pinceladas magistrales; pero será el lector quien reconstruya después el
verdadero sentido de las actuaciones de unos y otros.
Más que
escribir un drama psicológico, el autor se propone realizar una alegoría
de la realpolitik del matrimonio burgués. Pero, al mismo tiempo,
parece dar otra vuelta de tuerca al esquema clásico de las novelas de
adulterio. Es el triunfo de lo prosaico frente a lo dramático, de la
parodia frente a la tragedia, y del realismo de las anécdotas frente a la
fantasía de las categorías. La tesis, bien cínica, es que la vida del buen
Alves se asienta en pilares demasiado sólidos para echarlos a rodar por
una cuestión tan etérea como el honor: negocio, una casa bien puesta, un
entorno próspero. No hay final trágico, sino restablecimiento aparente
del orden inicial. Al contrario de Madame Bovary, La Regenta o Ana
Karenina, Alves y Compañía parece acabar bien. Sin embargo, el
doble sentido de la palabra “compañía” es una síntesis irónica de cómo se
puede compaginar el honor con los negocios. Y Alves es, ante todo, un
buen comerciante. |