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“¿Quieres que te diga la
forma en que un hombre realmente puede hacer bien? No pretendo que yo lo
haga, ¿comprendes? Pero sé la forma. Tú naces y creces. Tu vives y
aprendes, y revelas, sacándolo a tu exterior, lo que has logrado y lo que
hay dentro de ti y lo colocas para que se vea y lo ofreces. Ofreces todo
lo que llevas dentro, todo lo que puedes hacer, para que tus semejantes
puedan utilizarlo si les conviene. Éste es el verdadero servicio a la
humanidad”.
La cita es de una novela
policíaca, “El secuestro de Kay Salisbury”, de Charlotte Armstrong. Poco
pedigrí intelectual, pues, ya que ni siquiera pertenece a una obra de los
llamados grandes del género. Sin embargo, pese a la más que discutible
traducción, tampoco se puede ser más claro. Cuando todos los días recibes
mil y una indicaciones de lo que debes hacer, de cómo debes comportarte y
gestionar tu vida, estas breves líneas abren la vía de un camino que
requiere capacidad de análisis, sinceridad, conocimiento de uno mismo y
valentía suficiente como para poner la intimidad desnuda en el escaparate.
Y esto es precisamente lo
que hace Fernández Arroyo: ofrecer lo que ha sido su singladura moral,
intelectual, espiritual, vital y afectiva de los años 1948 a 1953, con una
historia de amor como hilo conductor y soporte. Una historia de amor que
por sus características más parece surgir del mundo trovadoresco que del
pasado siglo XX. Todo es notable en este libro; por mil y un motivo se
puede recomendar la lectura de esta joya de delicadeza, amor y verdad. |