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"Queridos
alumnos, la historia de Roma proporciona ejemplos sublimes de virtudes
humanas que tal vez interesan poco a nuestra antiheroica época. Pero, ¿quién
no miraría con interés las instituciones republicanas y la tenacidad,
finalmente vencida, con que fueron defendidas las libertades gracias a
ellas? ¿Quién no siente una cierta pena y un cierto estremecimiento al
contemplar la decadencia del Imperio?"
Así se expresaba hace ya tiempo un
profesor de historia. Y tenía razón. De hecho, Roma ha ejercido una
suerte de fascinación sobre el pensamiento de Occidente, sea para
proporcionar ejemplos, como es el caso de los diseñadores de la
constitución política de los Estados Unidos de América y de Maquiavelo
en su propuesta política positiva, sea para actuar como un espejo en el
que algunos creen ver rasgos de su propia época.
Montanelli tiene un estilo
conciso, afinado por una larga dedicación periodística, que parece
estrechamente relacionado con la mirada sobria que solía dirigir a los
acontecimientos del presente o del pasado. No es insensible a las
crueldades o las injusticias, pero como pesimista que es ante las
posibilidades de la atribulada humanidad, no considera necesario hacer
aspavientos frente a lo que es, desgraciadamente, un espectáculo
frecuente. Tampoco es insensible a la aparición de la virtud o de la
grandeza, pero tampoco aquí se exalta, probablemente porque cree que la
primera es precaria y la segunda una excepción. Una mirada estoica, en
suma, que también sabe aceptar que las personas y los asuntos humanos
frecuentemente son una mezcla de componentes de muy diferente calidad
moral.
De lectura fluida, la Historia
de Roma escoge muy bien lo que explica, con qué extensión lo explica y cómo
lo explica. Ha sido considerada como una obra poco respetuosa con la
grandeza del pasado romano, pero este es un juicio comprensible antaño más
que hogaño, cuando la propensión y el gusto por la crítica empapan las
mentes. |
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