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“El diablo, ahíto de carne, se metió a predicador”: este castizo refrán
viene constantemente a la mente de esta lectora a medida que va avanzando
en la lectura de La literatura en perill. Tzvetan Todorov, uno de
los preclaros estudiosos, promotores y valedores de los estudios
estructuralistas de la literatura, uno de los “mandarines” o “maîtres à
penser” de la escuela formalista francesa, se confiesa al final de su vida
un tanto angustiado por la deriva que han tomado actualmente los estudios
literarios, deriva que él y sus colegas propiciaron hace más de 40 años.
Todorov sostiene hoy que enseñar a amar la literatura ha de pasar por
enseñar a los lectores a ahondar en todo lo que un libro les puede aportar
sobre sí mismos, sobre el mundo que les rodea y sobre la complejidad de
los seres humanos, y no por medir elementos compositivos o formales de un
texto.¡Haberlo dicho antes, hombre!
Pero Todorov no se lamenta de sus errores con pleno arrepentimiento. Para
Todorov, la sequedad académica actual responde a una lectura exagerada y
sesgada de las directrices que tanto él como sus colegas propusieron en
los 60 y 70. En este sentido sostiene que el enfoque formalista era un
primer paso para llegar a una lectura personal y espiritual del libro,
aspecto que no fue entendido por sus seguidores. Sostiene también su
peculiar razón para refugiarse en los estudios formalistas: como estudioso
que vivía en un país oprimido por la férrea censura comunista, los
estudios formalistas le permitían evitar las directrices ortodoxas
marxistas, problema que no compartían sus colegas franceses. ¡Ay, estos
discípulos que no interpretan bien el pensamiento de sus maestros, y lo
exageran y en definitiva, lo desvirtúan! Ya lo decía Clarín en muchos de
sus cuentos; también el Hitchckok de La soga o hasta Don Emilio
Castelar cuando decía “No sabe usted lo mal que suenan mis pensamientos
cuando se los oigo decir a usted”...
Pero nuestro diablo Todorov tiene muchas cosas a su favor: escribe bien,
de forma convincente y directa; tiene su historia ideológica a cuestas;
tiene una sincera preocupación por la enseñanza elemental que le honra y
que lo distingue de muchos pedantes de tres al cuarto. Sus reflexiones
sobre la aproximación de la literatura a la Verdad por encima del Bien o
de la Belleza son, no por menos dichas, menos esclarecedoras, inteligentes
y útiles. Sus argumentos, impecables; sus ejemplos, pertinentes, y su
discurso, en definitiva, inteligente y lúcido.
De lectura imprescindible para todos los lectores, en especial para
profesores de cualquier enseñanza. Y para cualquier lector tentado de
dogmatismo metodológico: tal vez vaya hacia la Verdad teórica directamente
y se evite el largo periplo que ha llevado a Todorov a estas reflexiones
maduras e inteligentes. Bienvenidas sean, hélas! |