|
El escritor José Luis Giménez Frontín presenta
un extenso libro de memorias, de más de 400 páginas. Están
organizadas en capítulos breves, bien titulados, bien
estructurados y mejor engarzados. La voz narrativa es firme,
serena, coherente. El autor domina el discurso y la selección de
la realidad que desea efectuar sobre su propia vida, de la que
extrae los hechos, personas y sucesos que lo explican como
personaje y como persona.
El lector se desliza por estas unidades
narrativas con gusto. De hecho, es uno de esos libros que se
comienzan a leer utilizando la forma del picoteo: páginas
abiertas al azar, búsqueda de nombres y referencias
concretas...Pero, poco a poco, se impone la unidad de su
planteamiento, y ésta conduce al caprichoso lector a una lectura
más sistematizada, siguiendo el orden desde la primera página
hasta la última.
La crítica ha destacado dos aspectos en este
libro que merecen ser puntualizados e incluso refutados. El
primero es la ausencia de revelaciones íntimas que traslucen
estas páginas memorialísticas. El pudor con el que el autor
trata sus aspectos de vida amorosa es realmente notable; un
pudor que defiende estupendamente en el capítulo 68, en el que
manifiesta su deseo explícito de distanciarse de la actual
exposición impúdica de lo personal. Sin embargo, lo que la
crítica no ha señalado es una sinceridad que, sin aspavientos,
lleva al autor a dejar constancia de acciones u omisiones que,
vistas desde hoy, le merecen su condena o su crítica. A título
de ejemplo, las páginas que dedica a J.B. Beltrán, un poeta
jesuita hoy escasamente valorado. Son momentos de preciosa
intimidad del yo que escribe, y que superan en interés y
sinceridad – en intimidad, en suma - a la exhibición de secretos
amatorios.
El segundo aspecto saludado por la crítica es la
consideración de este libro como un ejemplo de vida de los
vencedores de la Guerra Civil. Así se manifiesta, por ejemplo,
Laura Freixas en su artículo del suplemento Culturas de
La Vanguardia del 12 de noviembre de 2008. Según este
enfoque, el libro de Giménez -Frontín, junto a los de Esther
Tusquets o Cristina Fernández Cubas, es un exponente de las
"familias bien" de derechas, los vencedores de la guerra, a las
que les ha salido un hijo izquierdoso, rebelde y artista. Así,
estos libros de memorias son un exponente sociológico de los
renegados de una clase, un estupendo documento para apoyar una
única lectura posible de un tiempo o un país. Y sí, nadie escapa
de su esquema social. El escritor es un burgués metido a progre.
Pero no es sólo eso, y el libro bien lo demuestra. Es el niño,
el estudiante en los jesuitas, el veraneante en Caldetes, el
poeta, profesor, crítico, editor, gestor cultural, bohemio,
buscador de empleos, pseudohippy, riguroso académico, juez
ocasional ante la falta de trabajo, observador atento del mundo
cultural barcelonés, británico e internacional, y muchas otras
cosas, con una carrera errática, una situación no siempre
estable, que no esconde ni camufla. En suma, es el dibujo de una
individualidad más compleja y rica que un simple retrato
ideológico. Afortunadamente, triunfa la memoria y no la crónica;
la literatura y no la sociología. |