|
|
Nantucket es hoy una isla de parajes naturales y urbanos frecuentemente
idílicos, muy apropiados para los dulces días que pueden desear muchos
viajeros de nuestro cuidado mundo. Quien allí vaya percibirá todavía
los ecos de un pasado duro y arriesgado, cuando los veleros se hacían a
la mar para arponear ballenas desde pequeños botes. Muchos barcos y
largas distancias, muchos marineros y muchas ballenas debieron entrar en
juego para que Londres pudiera iluminar sus calles con el aceite
suministrado desde el otro lado del Atlántico. En Nantucket embarca Ismael en el Pequod, no sin malos
presagios, pronto confirmados cuando, ya en alta mar, resulta que está al
mando un capitán obsesionado por vengarse de una ballena. Obsesión un
tanto extraña, diríase, como lo es que la tripulación la secunde. Pero
el romanticismo ha puesto en circulación insólitas visiones del
ser humano y no hay que olvidar que si bien admite una lectura -
especialmente cinematográfica - como novela de aventuras, Moby Dick
es más bien un producto romántico. No estará de más aprovechar la ocasión para preguntarse si las rarezas
son cosas de la mente del autor o están en la realidad misma, en el
hombre. Sea como sea, parece claro que los románticos, y Melville en
particular, disfrutan con ellas. Y también el lector, que viaja por unas
páginas impregnadas de esta estética del atardecer, cuando en la
lejanía las cadenas montañosas adquieren un tono azulado, como revelador
de maravillosas profundidades. Excelente traducción al catalán, lengua que parece tener cierta
afinidad, tal vez por tradición marinera, con el ambiente del viento
silbando en la jarcia y el horizonte de inciertos dibujos nubosos. |
|