|
|
Las historias de familia
son de buen leer. En este caso, todos nosotros – gentes del mundo
occidental – descendemos de aquellos diez mil griegos situados en medio de
una Persia hostil, muy lejos de su patria y con un camino hacia ella lleno
de obstáculos y de pueblos enemigos. Además, todos sus altos oficiales
fueron asesinados a traición, lo que añadía a todo lo demás la falta de
dirección.
Se encontraban en Persia
porque allí habían ido como mercenarios para ayudar a Ciro a desplazar del
trono a su hermano Artajerjes. ¡Tiempos nuevos y peores! Porque,
recordemos, Grecia había derrotado a Persia en las Guerras Médicas y
posteriormente se había consumido a sí misma en la lamentable guerra civil
que fue llamada del Peloponeso, así que nuestros diez mil debían estar
entrenados para la guerra y debía andar escasos de oficios en su país, con
bastante caos político por entonces, para dejarse contratar por Ciro.
Pero lo cierto es que los griegos, que pusieron orden y cierta luz en las
mentes, las suyas y las de sus descendientes hasta nosotros, no
consiguieron dar estabilidad duradera a su sociedad política. Para esto
haría falta el genio romano.
Decíamos que los altos
oficiales que mandaban a los diez mil fueron asesinados a traición por los
persas. Ciro había muerto, los griegos habían perdido la razón de estar
allí y se estaba tratando de pactar con Artajerjes. Podría haber ocurrido
que la fuerza griega hubiese sido pasto de divisiones y rivalidades. Pues
no. Aquí intervendrá Jenofonte que, según él mismo relata, acompañaba a la
expedición porque deseaba conocer a Ciro, no en condición de combatiente.
Él será quien tome el mando de los diez mil y los conduzca a Grecia. O
mejor, a él le será entregado el mando porque sabe enfocar la situación y
convencer a los demás de cómo conviene actuar. Algo muy griego y propio de
quien pertenecía a la Atenas de Sócrates y Platón, de Sófocles y de
Eurípides.
Y empezó la larga
expedición que había de durar dos años. Muchas cosas ocurrieron, muchos
peligros fueron sorteados, muchas incertidumbres afrontadas. Pero he aquí
un momento en el que casi nos parece estar entre ellos: en el avance,
después de muchos meses, un día cualquiera van subiendo por una loma y a
medida que los soldados llegan a la cumbre se va produciendo un griterío
más y más intenso. ¿Un nuevo ataque? No. Veámoslos ahora: se abrazan
llorando de alegría porque allí está el mar, el mismo mar de las costas de
Grecia. |