Título   Anábasis
Autor   Jenofonte
Editorial   Gredos
Aparición   2001
Páginas   306
Precio   19,75 euros

 

Las historias de familia son de buen leer. En este caso, todos nosotros – gentes del mundo occidental – descendemos de aquellos diez mil griegos situados en medio de una Persia hostil, muy lejos de su patria y con un camino hacia ella lleno de obstáculos y de pueblos enemigos. Además, todos sus altos oficiales fueron asesinados a traición, lo que añadía a todo lo demás la falta de dirección.

Se encontraban en Persia porque allí habían ido como mercenarios para ayudar a Ciro a desplazar del trono a su hermano Artajerjes. ¡Tiempos nuevos y peores! Porque, recordemos, Grecia había derrotado a Persia en las Guerras Médicas y posteriormente se había consumido a sí misma en la lamentable guerra civil que fue llamada del Peloponeso, así que nuestros diez mil debían estar entrenados para la guerra y debía andar escasos de oficios en su país, con bastante caos político por entonces, para dejarse contratar por Ciro.  Pero lo cierto es que los griegos, que pusieron orden y cierta luz en las mentes, las suyas y las de sus descendientes hasta nosotros, no consiguieron dar estabilidad duradera a su sociedad política. Para esto haría falta el genio romano. 

Decíamos que los altos oficiales que mandaban a los diez mil fueron asesinados a traición por los persas. Ciro había muerto, los griegos habían perdido la razón de estar allí y se estaba tratando de pactar con Artajerjes. Podría haber ocurrido que la fuerza griega hubiese sido pasto de divisiones y rivalidades. Pues no. Aquí intervendrá Jenofonte que, según él mismo relata, acompañaba a la expedición porque deseaba conocer a Ciro, no en condición de combatiente. Él será quien tome el mando de los diez mil y los conduzca a Grecia. O mejor, a él le será entregado el mando porque sabe enfocar la situación y convencer a los demás de cómo conviene actuar. Algo muy griego y propio de quien pertenecía a la Atenas de Sócrates y Platón, de Sófocles y de Eurípides. 

Y empezó la larga expedición que había de durar dos años. Muchas cosas ocurrieron, muchos peligros fueron sorteados, muchas incertidumbres afrontadas. Pero he aquí un momento en el que casi nos parece estar entre ellos: en el avance, después de muchos meses, un día cualquiera van subiendo por una loma y a medida que los soldados llegan a la cumbre se va produciendo un griterío más y más intenso. ¿Un nuevo ataque? No. Veámoslos ahora: se abrazan llorando de alegría porque allí está el mar, el mismo mar de las costas de Grecia.