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Con este título parece ofrecernos
lo que la cultura justamente no es, un paquete meramente predefinido. En
realidad tal vez es una conjunción entre ese paquete (o parte de él) y un
indispensable componente personal pues, ¿no estaríamos de acuerdo en que
tiene más peso el elemento personal que el predefinido? En otras palabras,
¿no es más culto quien tiene una lectura personal de un solo libro o la
percepción personal de un solo cuadro que aquel que tiene la capacidad de
acumular conocimientos convencionales -a lo loro, digamos- sobre historia,
arte, filosofía y literatura?
Pero en el título de la
obra que comentamos no aparece ni por un momento el elemento personal y
con su “hay que” suena a apelación a las reglas establecidas por el
consenso más o menos arbitrario y vanidoso de algún grupo social: “hay
que” leer tal libro, “hay que” ir a tal exposición o museo.
Ni “hay que” ni nada,
vaya fastidio. Pero también es indudablemente cierto que la cultura es un
corpus más bien objetivo, en el límite, enteramente objetivo. Como dice
nuestro autor, nuestro mundo, el mundo occidental, es un tejido de
historias que provienen de la Biblia, de la Ilíada y de la
Odisea. ¿Puede uno ignorarlas apelando, por ejemplo, a que no vibra
con ellas? Pues sí. Pero la cultura objetiva mide al individuo y en un
grado muchísimo menor, también ocurre al revés. Por esto, amigo, si no
vibras con nada de lo que está en el catálogo de la cultura objetiva,
probablemente eres un tochete. En este catálogo están las ideas, las
experiencias, la vida que tantea y avanza de nuestros antepasados, que
ahora constituyen nuestro suelo, nuestro aire y nuestro horizonte, a veces
amplios y despejados, a veces confusos y sórdidos. Sin ellos no somos
nada. Sin la confrontación con ellos somos poco.
Por lo tanto, tenemos dos
obligaciones (si nos queremos considerar humanos occidentales , la cual
cosa puede y debe ser objeto de reflexión y decisión pues ¿verdaderamente
vale la pena?) ; adentrarnos en el catálogo de la cultura objetiva, pero
además masticar, tragar, rumiar, regurgitar, volver a tragar (perdón por
el mal gusto) y a ver qué queda al final.
Para ello el libro de
Schwanitz puede ser útil. Como índice de contenidos tiene un inevitable
margen de arbitrariedad, pero principalmente elige con acierto.
Frecuentemente hace gala de una gran capacidad de síntesis y también sabe
usar muy bien oportunas dosis de ironía. |