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Para el explorador que pretenda
recorrer y descubrir la vasta llanura resulta mucho más práctico que su
chalupa se deslice por los meandros de un río o, en el caso de que no la
tenga, seguir a pie sus orillas, que no cruzar el llano a lomos de una
vertiginosa corriente que siga una inexorable línea recta camino del mar.
El territorio recorrido es mayor y se adquiere un mejor conocimiento de la
región, que resulta, además, mucho más profundo.
Lo mismo podríamos decir de la prosa de
Henry James: sus zig-zags nos mecen para obtener una mayor precisión,
para recoger el máximo detalle, para ampliar el
sentido de cualquier afirmación. Nos agarra de la nariz y nos lleva de
aquí para allá, en una lectura que requiere paciencia y concentración. A
cambio, si somos fieles a ella, nos regala un placer exquisito.
Isabel Archer, la dama cuya retrato nos ofrece James en esta novela, es
también una exploradora que cuando a sus tiernos veintitrés años recibe
una inesperada cuanto generosa fortuna en herencia, se propone ante todo
descubrir la vida, descubrir el mundo. Éste es su proyecto vital, y a él
quiere atenerse.
La magnífica traducción de este libro es
capaz de reseguir los meandros estilísticos de James sin maltratar la
lengua, recreándolos. Únicamente cabría reprochar a los traductores su
absurdo empecinamiento en pretender que miembros de la upper class
británica o sus equivalentes catalanes - puesto que de una traducción a
esta lengua se trata - llamen a sus padres "papa" y "mama" en vez de
"papà" y
"mamà", que serían los términos correspondientes al registro de la clase
social retratada en la obra. |