Neumáticos La profundidad mínima del grabado de los neumáticos es de 1,6 mm. Si es inferior, cámbialos.
Niebla Aplica la regla de las tres uves: visibilidad-velocidad-vehículo. Por ejemplo: si la velocidad alcanza solamente a cincuenta metros, esta regla indica que no se deben sobrepasar en ningún caso los cincuenta kilómetros por hora ni rodar a menos de cincuenta metros del vehículo que va delante. Circula, además, permanentemente con luces de cruce y haz frecuentes altos en el viaje: nada fatiga tanto como la conducción bajo la niebla.
  En umbrales de visibilidad inferiores a 150 m., así como en casos de nieve o de lluvia, es conveniente llevar encendidas las luces de cruce. Que los demás nos vean es tan importante como que veamos nosotros. Por esto lo faros traseros antiniebla, con una potencia 40 veces superior a las luces habituales, son indispensables cuando viajemos con umbrales de visibilidad inferiores a 50 metros.
  Si aparece la niebla, nuestra velocidad tendrá que estar en función del alcance de nuestra visión. Una niebla que no nos permita ver más allá de los diez metros de carretera ha de obligarnos a detener el coche en el arcén y esperar a que se aclare. Si nuestro campo de visión fuera de treinta metros, podríamos seguir, aunque sin superar los treinta kilómetros por hora. En términos generales podría decirse que nuestra velocidad en kilómetros/hora puede ser cuantitativamente la misma que la distancia de nuestro campo de visión, en metros. Es decir, si vemos a cincuenta metros, la velocidad será de cincuenta km/hora, aunque sin superar nunca los setenta km/horas, por más que el campo de visión supere los setenta metros.
  Si tu coche pasa la noche a la serena, para evitar que las nieblas ensucien los cristales, frota critales y retrovisores con un paño mojado en amoníaco.
Nieve Cuando vayas a esquiar o, sencillamente, a la nieve, no te olvides de llevar siempre en el coche un par de zapatos cómodos con los que conducir. De esta manera te evitarás tener que hacerlo con los "descansos" puestos, que pueden ser muy confortables, pero son po-co apropiados para sentarse al volante.
  Si se anuncia una gran nevada y dejas el coche a la intemperie, alza la antena y átale un trapo de color vivo para facilitar su localización, salvo en el caso de que la antena sea eléctrica telescópica.
  Es mejor que, al dejar el coche, en vez de poner el freno de mano, que podría quedarse pegado por el frío, metas una marcha que lo inmovilice. Y si por la mañana tu coche aparece cubierto por una montaña de nieve, antes de coger el volante, desembarázalo de la nieve del parabrisas, de los retrovisores, de los faros y las luces de frenado y de marcha atrás.
  Si quieres viajar a la nieve, lleva en el coche todo aquello que pudieres necesitar. Entre estas cosas, se cuentan: una tabla donde afianzar el gato en caso de verte obligada a levantar el coche; un rascador para quitar el hielo del parabrisas, una escobilla y unos cables auxiliares para conectar a otra batería en el supuesto de que fallara la nuestra. Para casos extremos, además, una pala, cadenas y una manta gruesa de lana; llevaremos también un antihielo para las cerraduras, que, naturalmente, guardaremos en un bolsillo del abrigo, puesto que, de estar en el interior del coche, no nos serviría de nada.
  Cuando se circula por una carretera nevada debe aumentarse la distancia respecto del vehículo que nos precede. La adherencia es menor y el espacio necesario para detener el coche aumenta. Si la nieve ha endurecido, es imprescindible calzar las ruedas con las cadenas; procura entonces circular más despacio para evitar perjudicar los neumáticos. Elude la circulación por los bordes de la calzada, pues  la nieve allí acumulada puede ocultar peligrosos socavones.
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